Una representación total: Natalia Litvinova

Por: Mauricio Flores

Qué irónica puede resultar la vida, sostiene uno de los personajes de Luciérnaga, una novela de esas que cuando comenzamos a leer, difícilmente le negamos su acompañamiento durante horas, días… y así hasta inscribirlas en nuestro canon más personal, sensitivo.
Novela, merecedora de un viejo premio que había quedado en el olvido pero que ahora, en su reciente versión, descubre a una narradora que incluye en su oficio historia, poesía, género, sencillez y más atributos, que es pauta de lo que escriben las mujeres en la región hispanoamericana.
Ironías de la literatura, podría añadirse.
Una novela escrita por una autora (antes poeta y editora) nacida en Bielorrusia, pero que desde Buenos Aires (y en español) nos lleva a los escenarios del desastre nuclear de aquella región, mediados los años ochenta, tal vez un punto de arranque para escarbar en la historia de su propia estirpe y de ella misma.
Y de algo más, del convencimiento de Natalia Litvinova de que solo mediante la escritura es posible alcanzar la conciencia del ser y con ésta la de todos. Un escenario abierto para la representación de la totalidad de los actores (abuela, madre, padre, hermano).
Escribo porque no puedo tejer piernas más fuertes para mi madre. Escribo porque yo sí puedo caminar hacia atrás por ella. Narrar es alargar la lengua, elongar el presente para que se toque con la leyenda. Narrar es también tirar el hilo y deshacer un tejido.

Una provocación
Que a los sobrevivientes de Chernóbil decidieran llamarlos luciérnagas no es sino otra más de las ironías que Litvinova obsequia a los lectores.
Decían que éramos radioactivos y que un día brillaríamos en la oscuridad.
Una frase que a la narradora, centro del conmovedor y multifacético relato novelado que es Luciérnaga, le hacía enojar.
Ahora me conmueve. Entendí que no era un insulto sino una provocación; una invitación a explorar es parte de nuestra historia que no comprendíamos y los adultos tampoco sabían cómo explicar. Ellos me abrieron los ojos y me contaron por qué los padres no nos dejaban estar al sol y por qué a veces el cielo se ponía rojo y caía lluvia que no debíamos tocarnos.
Natalia nos mostrará su vida desde pequeña (los niños no estábamos hechos para hablar y ser escuchados, mucho menos para cambiar el curso de los acontecimientos) y hasta su arraigo en Buenos Aires, lugar donde se proyectará mejor todo pasado, por lejano que sea; toda ausencia, por dolorosa que se presente.
Al escribir, hago el intento de conciliar lo importante y lo que no lo es, lo concreto y lo universal, la tragedia y la dicha, el pasado y el presente, el dolor y la ternura.
La Unión Soviética ya no existe (…)
Los primos de mamá le contaron que cuando Gorbachov fue a Chernóbil para condecorar a los liquidadores, Las autoridades les ordenaron que no le dieran la mano y se arrojaran al piso. Desde el suelo, los primos de mamá entendieron a qué huele la radiación: a espinaca podrida (…)
Vio burbujas plateadas entre las hojas y las recogió sin saber que eran peligrosas para la salud. Meses después, Ludmila dio a luz a un bebé con el cráneo abierto que apenas sobrevivió unos minutos (…)
¿Qué es lo importante?, ¿qué no lo es? ¿Y si lo importante naufraga en el mar tumultuoso de la memoria? Escribir es como bucear. El peso de mi historia me hunde. Conocer el fondo y no olvidarse de él es volar después (…)
Unas cursivas más:
La poeta Marina Tsvietáieva vivió en una casa en la calle Borisoglebsky, en Moscú, durante la guerra civil. Para sobrevivir junto con sus hijos a la hambruna y el frío, destrozó sus muebles de caoba y los usó como leña. Aquella casa de techos altos y con un desván tenía las habitaciones empapeladas. Marina escarbó la esquina con la uña, luego tiró con fuerza y un fragmento del empapelado cayó sobre sus íes. Sacó del cajón el lápiz que guardaba con recelo, se sentó con vistas a un callejón sombrío y se puso a escribir poemas (…)
(Dijo María Fasce, integrante del jurado que destacó Luciérnaga:
He pensado en Annie Ernaux, en Nino Haratischwili y en Tatania Tîbuleac, autoras que me han maravillado por su estilo y sus historias. Te felicito, me enorgullece publicarla en Lumen, ver tu nombre en el catálogo junto al de Alejandra Pizarnik, Natalia Ginzburg y Alice Munro, con quien tienes también un aire de familia).
Entre el dolor y la ternura.
Ironía.
Natalia Litvinova, Luciérnaga, Lumen, México, 2024, 232 pp.
@mauflos