Rescata Monteverde la medicina social de Bethune

Por: Mauricio Flores

Transcurren los años y, todavía ahora, no se conoce mucho acerca de la vida de Norman Bethune (1890-1939), el médico canadiense que se abrazara a las causas de la república española y la revolución china.

Un cirujano de excepción, comunista planetario, que tuvo además una importante inserción en los temas de la sanidad, llegando incluso a inventar determinados instrumentales y procedimientos, después utilizados comúnmente en las técnicas médicas.

De ahí la pertinencia de Norman Bethune. Un cirujano en las revoluciones, autoría del narrador, cineasta y patólogo mexicano Eduardo Monteverde (1948), y rescatado de una edición previa por el Fondo de Cultura Económica.

Fue más Bethune, sabemos hoy.

Muy joven se dirigió a los frentes de la primera conflagración mundial, donde se desempeñó como camillero.

Un voluntario prontamente herido; una esquirla de metralla lo alcanzó. Como Hemingway y tantos otros.

Si bien antes y después de ello, identificó en el estudio de la medicina su vocación.

Pero no la de la práctica burguesa sino la marcadamente social.

A lo que contribuyó además su paso por la pujante Unión Soviética.

Se llenó de luz con la medicina social, escribe Monteverde.

Sería también la tuberculosis, ajena y propia, la que moldeó el carácter y actuar del médico, a un tiempo impulsor del Partido Comunista en su natal Canadá.

La tuberculosis, la más fiel de sus compañeras.

Y sí, también la tristeza, esa que acompaña a la enfermedad y es parte de la agonía de los órganos.

Transfusiones, amputaciones, luchas feroces contra las hemorragias, tuberculosis, septicemia, gangrena, e infecciones… serán el día a día de Bethune, igualmente apasionado del amor de diferentes mujeres y el descontrol en su manera de beber alcohol.

En España, muchísimos fueron los canadienses que integraron las brigadas de solidaridad internacional, Bethune estará en Madrid y otras provincias habilitando hospitales.

Viaja a conservar en sus continentes a la sangre proletaria y lo hará en la trinchera misma, en la guerra, tal vez la más sangrienta de todas.

Ahí mismo, sugiere Monteverde, habría conocido a la italiana Tina Modotti, de marcadas referencias mexicanas.

Dato de alta verosimilitud, como tantos otros en Norman Bethune. Un cirujano en las revoluciones, que lo convierten en una novela para leerse de corrido.

La conoció en Madrid —se extiende la narración de Monteverde—. Le impresionaron sus palabras salidas de ese espectro de carne entre pintura renacentista, fotografía y afiche revolucionario con arengas de Juana de Arco comunista. No hay datos su encuentro en Almería.

Ambos eran enamoradizos, difícil dejarlos al margen de una aventura y menos en condiciones de conflagración. Debieron, tuvieron que haberse conocido y, al menos, dejar el principio de una novela, la trama, el romance abrupto.

La misma personalidad de Bethune y cierta insidia en los corrillos de la guerra, adelantarán la salida del cirujano de la España en llamas, aun su valiosísima mano al momento de tratar a cientos y cientos de heridos.

Sus arrebatos contribuyeron a la conspiración de los comunistas pecharlo de España.

Amargado, persona non grata, Bethune encontró en China, entonces en guerra contra Japón, y previo a los días de la revolución cultural maoísta, una tabla de salvación.

Mao, su mecenas, me causó muy buena impresión, dijo de él, le permitirá seguir sanando heridos de guerra.

La comunidad del dolor

Que los traigan. Ésta es la comunidad del dolor y no hay enemigos. Que les quiten ese uniforme ensangrentado. Que les paren la hemorragia y los pongan junto a los otros heridos. ¿Estos hombres son asesinos profesionales? No. Son aprendices de las armas, son manos trabajadoras. Son obreros con uniforme.

Será la gangrena, que traga, digiere los tejidos, los infecta y deja esfacelos, pellejos muertos, un páramo de muerte, la necrosis, la que terminará con los días del médico social.

Gangrena, la infección del fascismo, la crueldad, que invade sin piedad a los pueblos.

Llegó el final.

Nadie encontró una bandera del Ejército Rojo… La gente se empezó a congregar en torno a la casa humilde de un campesino en HuangShikou el 13 de noviembre de 1939… El funeral duró cuatro días de andanzas por los caminos agrestes, senderos helados en la montaña, apenas sin detenerse y dando rodeos para evitar al enemigo. Dos veces se detuvo el cortejo para homenajear al difunto. Fue enterrado en el Cementerio de los Mártires Revolucionarios en Shijiazhuang. Diez mil campesinos cubrieron las laderas.

Eduardo Monteverde, Norman Bethune. Un cirujano en las revoluciones, FCE, México, 2024, 208 pp.

@mauflos